“Tal como yo lo veo, al alma probablemente le siente bien ser turista, aunque sea sólo muy de vez en cuando. No digo que le siente bien de una forma refrescante o iluminadora, sino más bien de una forma sombría, severa, estilo “Miremos los hechos con franqueza y encontremos una forma de abordarlos”. Mi experiencia personal no me ha demostrado nunca que viajar por el país amplíe mis horizontes o resulte relajante, ni que los cambios radicales de lugar y de contexto tengan un efecto saludable, sino más bien que el turismo dentro del país resulta radicalmente constrictivo, y humillante de la peor forma: hostil a mi fantasía de ser un verdadero individuo, de vivir de alguna forma fuera y por encima de todo. Ser un turista de masas, para mí, equivale a convertirse en un puro americano de los tiempos que corren: foráneo, ignorante, codicioso de algo que nunca se puede tener y decepcionado de una forma que nunca se puede admitir. Implica estropear, en virtud de la pura ontología, la misma cosa no estropeada que uno ha ido a experimentar. Implica imponerse a uno mismo sobre lugares que en todos los sentidos menos el económico serían mejores y más reales si uno no estuviera. Implica, en las colas y los atascos y las transacciones sin fin, afrontar una dimensión de uno mismo que resulta tan ineludible como dolorosa: en tanto que turista, te vuelves económicamente significativo, pero existencialmente aborrecible, como un insecto posado sobre algo muerto.”
—David Foster Wallace, en las notas al pie de “Hablemos de Langostas”. No he encontrado el artículo en castellano, pero hay una versión en inglés (en PDF) aquí.