“…el pasatiempo les absorbía. Les encantaba la libertad que daba el rol sobre cualquier otro juego: lo mismo podían asaltar la torre de un mago que la guarida de un brujo o invadir el castillo de un hechicero. Su madre, tras verle llegar una noche todo borracho, y total para no comerse un rosco, prefería tenerle en casa jugando a la cosa esa rara que por lo menos le tenía controlado y no por ahí endrogándose con tasios en la ruta del bacalao esa.”
Gran parte de mi adolescencia, resumida (otra vez) en Viruete.